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Textos y transcripciones

Discurso del presidente Obama sobre inmigración y seguridad fronteriza

10 mayo 2011

A continuación la traducción provista por la Casa Blanca del discurso del presidente Obama en El Paso (Texas) tal como fue preparado para su lectura:

La Casa Blanca
Oficina del Secretario de Prensa
10 de mayo, 2011

Declaraciones del Presidente Barack Obama sobre inmigración y seguridad fronteriza
Martes, 10 de mayo, 2011
El Paso, Texas

Version Preparada

¡Hola, El Paso! Es un gusto volver a estar aquí con ustedes y volver a estar en el Estado de la Estrella Solitaria. Me encanta venir a Texas. Incluso las bienvenidas son grandiosas aquí. Entonces para mostrarles mi agradecimiento, quise pronunciar un discurso importante sobre política… al aire libre… al mediodía, en un día soleado y caluroso.

Espero que todos se hayan echado protector solar.

Ahora bien, hace aproximadamente una semana, pronuncié el discurso de graduación en Miami Dade Community College, una de las instituciones superiores de mayor diversidad en el país. Los egresados se sentían orgullosos de que su promoción tenía raíces en 181 países del mundo. Muchos de los estudiantes mismos son inmigrantes que vinieron a Estados Unidos con poco más que los sueños de sus padres y la ropa que llevaban puesta. Algunos solo se enteraron de adolescentes o adultos de que eran indocumentados. Pero trabajaron duro y se esforzaron al máximo, y se hicieron merecedores de esos diplomas.

Durante la ceremonia, desfilaron por el estado 181 banderas, una por cada país representado. Los egresados y familiares con raíces en esos países aplaudieron cada una de ellas. Pero luego quedó a la vista la última bandera, la bandera estadounidense. Y la sala estalló en aplausos. Toda persona en el auditorio vitoreó. En efecto, los padres, abuelos –o los mismos egresados– provenían de todos los rincones del mundo. Pero fue aquí que encontraron oportunidades y tuvieron la posibilidad de hacer un aporte al país donde viven.

Fue un recordatorio de una idea simple, tan antigua como el propio Estados Unidos. E pluribus, unum. De muchos, uno. Nos definimos como una nación de inmigrantes, una nación que acoge a quienes están dispuestos a adoptar los preceptos de Estados Unidos. Por eso, millones de personas, los antepasados de muchos de nosotros, enfrentaron dificultades y grandes peligros para venir aquí, para poder tener la libertad de trabajar y practicar su religión y llevar su vida en paz. Los inmigrantes asiáticos que llegaron a la isla Ángel de California. Los alemanes y escandinavos que se establecieron en toda la región del medio oeste. Las olas de inmigrantes irlandeses, italianos, polacos, rusos y judíos que se inclinaron sobre la barandilla para poder ver por primera vez la Estatua de la Libertad.

Este flujo de inmigrantes ha ayudado a hacer que este país sea más sólido y más próspero. Podemos señalar el genio de Einstein y los diseños de I. M. Pei, los relatos de Isaac Asimov y los sectores industriales enteramente desarrollados por Andrew Carnegie.

Y también me vienen a la mente las ceremonias de naturalización que hemos tenido en la Casa Blanca para miembros de las Fuerzas Armadas, las cuales han sido muy inspiradoras.

Aunque todavía no eran ciudadanos, estos hombres y mujeres se alistaron para servir. Uno de ellos era un joven llamado Granger Michael de Papúa Nueva Guinea, un infante de Marina que ha sido enviado tres veces al frente en Irak. Dijo lo siguiente sobre hacerse ciudadano estadounidense. “Tiene sentido. Amo a este país”. A los infantes de Marina no les gusta hablar mucho. Otro fue una muchacha llamada Perla Ramos. Nació y se crió en México, vino a Estados Unidos poco después del 11 de septiembre y se incorporó a la Marina. Afirmó, “siento orgullo por nuestra bandera… y la historia que redactamos día tras día”.

Esa es la promesa de este país: que cualquiera puede escribir un nuevo capítulo de nuestra historia. No importa de dónde vienes; lo que importa es que creas en los ideales de nuestra fundación; que creas que todos nosotros somos iguales y merecemos la libertad de ir en pos de la felicidad. Que al adoptar a Estados Unidos, puedes ser estadounidense. Y eso nos enriquece a todos.

Al mismo tiempo, sin embargo, nos encontramos en la frontera hoy porque también reconocemos que ser una nación de inmigrantes conlleva ser un estado de derecho. Ese también es nuestro patrimonio. Esto también es importante. Y el hecho es que a menudo hemos tenido dificultad para dictar medidas sobre a quiénes se permite y a quiénes no se permite ingresar a este país. A veces ha habido temor y resentimiento hacia los recién llegados, particularmente durante períodos de dificultad económica. Y ya que estos asuntos están relacionados con convicciones muy arraigadas –sobre quiénes somos como pueblo, sobre lo que significa ser estadounidense– estos debates a menudo suscitan emociones fuertes.

Es por eso que se nos ha hecho difícil reformar nuestro ineficaz sistema de inmigración. Cuando un asunto es tan complejo y suscita emociones tan fuertes, es más fácil para los políticos posponer el problema hasta las próximas elecciones. Y siempre hay más elecciones. Por eso hemos visto muchas acusaciones y politiquería y retórica mordaz. Hemos visto que esfuerzos de buena fe de parte de líderes han sucumbido a las acostumbradas manipulaciones de Washington. Y mientras tanto, hemos visto las consecuencias cada vez mayores de décadas de inacción.

Hoy en día, hay aproximadamente 11 millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos. Algunos cruzaron la frontera ilegalmente. Otros evitaron las leyes de inmigración al permanecer aquí después del vencimiento de su visa. Independientemente de cómo vinieron, la gran mayoría de estas personas simplemente está tratando de ganarse la vida y mantener a su familia. Pero han trasgredido las normas y se han colado en la fila. Y lo cierto es que la presencia de tantos inmigrantes ilegales es una burla para todos aquellos que están tratando de inmigrar legalmente.

Además, debido a que los inmigrantes indocumentados viven en la clandestinidad, son vulnerables a empresas inescrupulosas que evaden impuestos, les pagan a los trabajadores menos del sueldo mínimo o velan a medias por su salud y seguridad. Esto pone en injusta desventaja a las empresas que cumplen con las normas y a los estadounidenses que exigen con razón el sueldo mínimo, pago por horas extraordinarias o un lugar seguro para trabajar.

Pónganse a pensar. En la última década, incluso antes de la recesión, las familias de clase media pasaban apuros para mantenerse, ya que los precios aumentaban pero los salarios no. Lo estamos volviendo a ver con el precio de la gasolina. Pues, una manera de darle solidez a la clase media es reformar nuestro sistema de inmigración, de manera que deje de haber una enorme economía clandestina que explota una fuente barata de mano de obra y a la vez hace que los salarios de todos los demás bajen. Quiero que los ingresos de las familias de clase media vuelvan a subir. Quiero que la prosperidad en este país sea generalizada. Por eso, la reforma de la inmigración es un imperativo económico.

Además, la reforma también ayudará a hacer que Estados Unidos sea más competitivo en la economía mundial. Hoy en día, les otorgamos visas a estudiantes de todo el mundo para que obtengan grados de ingeniería y computación en nuestras principales universidades. Pero nuestras leyes los desalientan de usar esas destrezas para iniciar una empresa o aportar a un nuevo sector aquí en Estados Unidos. Entonces, en vez de capacitar a empresarios para generar empleos en nuestro país, los capacitamos para generar empleo para nuestra competencia. Eso no tiene sentido. En un mercado mundial, necesitamos todo el talento que podamos conseguir, no solo para beneficiar a esas personas, sino porque sus contribuciones beneficiarán a todos los estadounidenses.

Consideren los casos de Intel y Google y Yahoo e eBay: grandes empresas estadounidenses que han generado innumerables empleos y nos han ayudado a ser líderes del mundo en sectores de alta tecnología. Cada una de ellas fue fundada por un inmigrante. Pues, no queremos que el próximo Intel o Google se origine en China o India. Queremos que tales empresas y empleos se forjen en Estados Unidos. Bill Gates lo entiende. “Estados Unidos descubrirá que es mucho más difícil mantener su ventaja competitiva”, afirmó, “si excluye a quienes pueden y están dispuestos a ayudarnos a competir”.

Es por este motivo que empresas en todo Estados Unidos están exigiendo que Washington finalmente cumpla con su responsabilidad de resolver el problema de inmigración. Todos reconocen que el sistema no está funcionando bien. La cuestión es, ¿contamos con la voluntad política para hacer algo al respecto? Y es por eso que hoy estamos aquí en la frontera.

En años recientes, entre los mayores impedimentos para la reforma estaban cuestiones de seguridad fronteriza. Son inquietudes legítimas; es cierto que una falta de personal y recursos en la frontera, combinada con el atractivo de empleos y la aplicación poco pensada de la ley una vez que las personas estaban dentro del país, contribuyeron a que un número cada vez mayor de personas indocumentadas vivan en Estados Unidos. Y estas inquietudes contribuyeron a que se disolviera una coalición bipartidista que constituimos cuando era senador federal. En años posteriores, el estribillo común ha sido “primero la frontera” incluso entre quienes anteriormente respaldaban la reforma integral de la inmigración.

Pues bien, en los últimos dos años hemos respondido a sus inquietudes. Con el liderazgo de la secretaria Napolitano, hemos aumentado la seguridad fronteriza más de lo que se creía posible. Querían más agentes en la frontera. Pues ahora tenemos más efectivos en el terreno en la región sudoeste que en ningún otro momento de nuestra historia. La Patrulla Fronteriza cuenta con 20,000 agentes, más del doble de los que había en el 2004, un incremento que se inició bajo el Presidente Bush y que hemos continuado. Querían vallas. Pues prácticamente todas las vallas están en su sitio.

Y hemos hecho mucho más que eso. Hemos aumentado al triple el número de analistas de inteligencia que trabajan en la frontera. He puesto en uso aeronaves no tripuladas para patrullar el espacio aéreo desde Texas a California. Hemos forjado una alianza con México para combatir las organizaciones criminales transnacionales que afectan a ambos países. Y por primera vez estamos inspeccionando 100 por ciento de la carga ferroviaria camino al sur, para confiscar armas y dinero en esa dirección, a la vez que combatimos las drogas camino al norte.

Entonces, hemos hecho mucho más de lo solicitado por los mismos republicanos que dijeron que respaldaban una reforma más extensa siempre que realmente se velara por el cumplimiento de la ley. Sin embargo, a pesar de que hemos respondido a estas inquietudes, sospecho que habrá quienes traten de imponer nuevas condiciones, una vez más. Dirán que necesitamos tres o cuatro veces más personal de la patrulla fronteriza. Dirán que necesitamos una valla más alta para respaldar la reforma.

¿Tal vez dirán que necesitamos un foso circundante? ¿O caimanes?

Nunca estarán satisfechos. Y lo comprendo. Así es la política.

Pero el hecho es que las medidas que hemos implementado están produciendo resultados. En los últimos dos años y medio, hemos confiscado 31 por ciento más drogas, 75 por ciento más dinero en efectivo y 64 por ciento más armas que antes. Al intensificar las patrullas, se han reducido las capturas a lo largo de la frontera en casi 40 por ciento con relación a hace dos años. Eso significa que menos personas están tratando de cruzar la frontera ilegalmente.

Además, a pesar de muchos reportajes con tono urgente que han calificado de peligrosos a lugares como El Paso, el número de crímenes en los condados de la frontera sudoeste se ha reducido en un tercio. Una y otra vez, El Paso y otras ciudades y pueblos a lo largo de la frontera reciben altos puntajes en las listas de los lugares más seguros del país. Por supuesto que no deberíamos aceptar violencia o crimen alguno, y nos queda trabajo por hacer. Pero este progreso es importante.

Además de la frontera, también estamos tomando medidas contra empleadores que explotan adrede a las personas y trasgreden la ley. Además estamos deportando a quienes están aquí ilegalmente. Ahora bien, sé que el incremento en deportaciones ha sido fuente de controversia. Pero quiero destacar lo siguiente: no estamos haciendo esto desordenadamente; estamos usando nuestros limitados recursos para ir en pos de criminales violentos y personas declaradas culpables de crímenes; no familias ni personas que simplemente tratan de ganarse la vida de alguna manera. Como resultado, logramos un incremento de 70 por ciento en las deportaciones de criminales.

Y estamos conscientes del impacto que esto tiene en las personas. Incluso mientras reconocemos que es necesario velar por el cumplimiento de la ley, no nos deleitamos en el sufrimiento que causa en las personas que simplemente tratan de sobrevivir. Y mientras las leyes actuales existan, no solo los rudos criminales están sujetos a deportación, sino también las familias que simplemente tratan de ganarse la vida, estudiantes brillantes y esmerados, gente decente con las mejores intenciones. Sé que hay algunas personas aquí que quisieran que simplemente pasara por alto al Congreso y cambiara las leyes solo. Pero así no funciona la democracia. Lo que realmente necesitamos hacer es continuar luchando para que se apruebe la reforma. Esa es la solución definitiva a este problema.

Y me gustaría señalar que la medida más significativa que podemos tomar ahora para resguardar las fronteras es reestructurar todo el sistema, para que menos personas tengan el incentivo de ingresar ilegalmente en busca de trabajo, para comenzar. Esto permitiría que los agentes se dediquen a combatir las peores amenazas en nuestras dos fronteras, desde narcotraficantes hasta quienes vienen para cometer actos de violencia o terrorismo.

Así que el asunto es si los miembros del Congreso que anteriormente se rehusaron a tratar este tema por exigir más vigilancia policial ahora están dispuestos a volver a negociar y concluir la labor que comenzamos.

Es necesario que pongamos la política de lado. Y si lo hacemos, estoy seguro de que podemos encontrar terreno común. En esto, Washington respalda la opinión mayoritaria en el país. Ya existe una coalición cada vez más numerosa de líderes en todo Estados Unidos que no siempre concuerda, pero que está llegando a un consenso con respecto a este tema. Ven las nocivas consecuencias de las fallas del sistema para sus empresas y comunidades. Comprenden los motivos por lo que es necesario hacer algo al respecto.

Son demócratas y republicanos, entre ellos el ex senador republicano Mel Martínez y Michael Chertoff, ex secretario de Seguridad Nacional del gobierno del Presidente Bush; líderes como el alcalde Michael Bloomberg; pastores evangélicos como Leith Anderson y Bill Hybels; jefes de policía de todo el país; educadores y portavoces comunitarios; sindicatos laborales y cámaras de comercio; dueños de pequeñas empresas y ejecutivos de empresas de Fortune 500. Un alto ejecutivo dijo esto sobre la reforma. “El ingenio estadounidense es producto de la apertura y diversidad de esta sociedad… los inmigrantes han hecho de Estados Unidos un gran país, un líder mundial en negocios, ciencias, educación superior e innovación”. Son las palabras de Rupert Murdoch, dueño de Fox News e inmigrante. No sé si conocen sus opiniones, pero digamos simplemente que no tiene en su auto una calcomanía de Obama.

Entonces, existe un consenso en torno a solucionar las fallas. Ahora necesitamos que el Congreso también se ponga en marcha. Ahora necesitamos unirnos en torno a una reforma que refleje nuestros valores como estado de derecho y nación de inmigrantes; que exija que todos asuman responsabilidades.

Entonces, ¿qué forma cobraría la reforma integral?

En primer lugar, sabemos que el gobierno tiene la responsabilidad mínima de resguardar las fronteras y velar por el cumplimiento de la ley. En segundo lugar, se debe hacer que las empresas que explotan a trabajadores indocumentados rindan cuentas por sus actos. En tercer lugar, quienes están aquí ilegalmente también tienen una responsabilidad. Deben admitir que trasgredieron las leyes y además deben pagar impuestos y una multa, y aprender inglés. Y deben someterse a una investigación de antecedentes penales y un largo proceso antes de poder ponerse en fila para la legalización.

Y en cuarto lugar, poner fin a la inmigración ilegal también requiere reformar nuestra anacrónica ley de inmigración legal.

Debemos facilitar que las mejores personas y las más brillantes no solo estudien aquí, sino que también abran negocios y generen empleos aquí. En años recientes, 25 por ciento de las nuevas empresas de alta tecnología en Estados Unidos fueron fundadas por inmigrantes, lo que resultó en más de 200,000 empleos en Estados Unidos. Me complace que estos empleos estén aquí. Y quiero ver que se generen más de ellos en este país.

Es necesario que les otorguemos a los agricultores una manera legal de contratar a los trabajadores de los que dependen y ofrezcamos una vía para que dichos trabajadores puedan obtener estatus legal.

Nuestras leyes deben respetar a las familias que cumplen con las normas al reunificarlas más rápidamente en vez de dividirlas. Hoy en día el sistema de inmigración no solo tolera a quienes incumplen las normas sino también castiga a las personas que sí cumplen con ellas. Por ejemplo, se prohíbe que vengan a Estados Unidos los solicitantes mientras esperan aprobación. Es posible que incluso marido y mujer pasen años separados. Los padres no pueden ver a sus hijos. Pienso que Estados Unidos no debe dedicarse a separar familias. No es correcto. No somos así.

Y debemos dejar de castigar a jóvenes inocentes por los actos de sus padres al negarles la oportunidad de obtener una educación o prestar servicio militar. Por eso es necesario que aprobemos la ley Dream. Logramos que la Cámara de Representantes aprobara la ley Dream el año pasado. A pesar de que recibió una mayoría de los votos en el Senado, fue bloqueada cuando varios republicanos que previamente habían respaldado la ley Dream votaron en su contra.

Fue una gran decepción llegar tan cerca, para luego ver que la política se interponía. Y cuando pronuncié el discurso de graduación en Miami Dade, me partió el alma saber que varios de esos estudiantes brillantes con un futuro prometedor –jóvenes que se esforzaron tanto y que son prueba de lo mejor de Estados Unidos– están en peligro de enfrentar la agonía de la deportación. Se trata de muchachos que se criaron en este país, aman a este país y no tienen otra patria. La posibilidad de que se les castigue es cruel y no tiene sentido. Esta nación está por encima de eso.

Entonces vamos a continuar la lucha por la ley Dream. Vamos a continuar la lucha por la reforma. Y es aquí que ustedes deben poner de su parte. Yo pondré de mi parte para propiciar un debate constructivo y cortés sobre estos temas. Ya tuvimos una serie de reuniones sobre esto en semanas recientes en la Casa Blanca. Y tenemos a líderes aquí y en el resto del país ayudándonos a hacer que el debate avance. Pero este cambio debe ser impulsado por ustedes, para ayudarnos a exigir una reforma integral y a identificar los pasos que podemos dar ahora mismo, como la ley Dream y la reforma de visas, asuntos sobre los que podemos encontrar terreno común entre demócratas y republicanos para comenzar a solucionar problemas.

Les pido que sumen sus voces a este debate, y pueden escribirse para ayudar en whitehouse.gov. Necesitamos que Washington sepa que existe un movimiento a favor de la reforma que cobra fuerza de costa a costa. Es así que lograremos hacer esto. Es así que podemos asegurar que en los próximos años recibamos con los brazos abiertos el talento de todos aquellos que pueden contribuir a este país y estar a la altura de esa idea tan estadounidense: si lo intentas, lo puedes lograr.

Esta idea fue la que le dio esperanza a José Hernández, aquí presente. Los padres de José eran trabajadores agrícolas migrantes. Por lo tanto, él también lo fue de niño. Nació en California, a pesar de que fácilmente podría haber nacido al otro lado de la frontera, si hubiese sido otra época del año, pues su familia se mudaba con las temporadas. En efecto, dos de sus hermanos nacieron en México.

Viajaban mucho, y José cosechaba pepinos y fresas con sus padres. Por eso perdía parte del año escolar cuando regresaban a México todos los inviernos. No aprendió inglés hasta los 12 años. Pero José era bueno para la matemática y le gustaba. Lo fabuloso sobre la matemática es que es igual en todas las escuelas y es igual en español.

Entonces, estudió mucho. Y un día, parado en el campo recolectando remolacha, escuchó en un radio portátil que una persona llamada Franklin Chang-Díaz –una persona con un nombre parecido al suyo– iba a ser astronauta de la NASA.

José decidió que él también sería astronauta.

Entonces, siguió estudiando y se graduó de la secundaria. Siguió estudiando y se graduó de ingeniero y realizó un posgrado. Siguió esforzándose mucho y fue a parar a un laboratorio nacional, ayudando a desarrollar un nuevo sistema digital de imágenes médicas.

Y a los pocos años, se encontró a más de 100 millas sobre la superficie de la Tierra, desde donde miró por la ventana del trasbordador espacial Discovery y recordó al niño en el campo en California con un sueño imposible y una fe inquebrantable en que todo se puede lograr en Estados Unidos.

Es por eso que luchamos. Luchamos por cada niño y niña con un sueño y potencial a punto de ser aprovechado, como José. Luchamos para dar rienda suelta a esa promesa y todo lo que ofrece, no solo para su futuro sino para el futuro de este gran país.

Gracias. Que Dios los bendiga. Y que Dios bendiga a Estados Unidos de Norteamérica.

(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://iipdigital.usembassy.gov/iipdigital-es/index.html )