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De mirona tímida a atleta olímpica

22 junio 2012
Desfile del equipo de Estados Unidos (Getty Images/ Jed Jacobsohn /Allsport)

¡Ahí vamos! Miembros del Equipo Olímpico de Estados Unidos desfilan en la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos 2000 en Sydney, con Linda Miller entre ellos.

Este artículo es parte del eJournalUSA "El deporte fortalece a las comunidades"

Por Linda Miller

Yo no hice deportes siendo niña. Afligida por un asma que me enviaba con frecuencia a la sala de emergencias, solía sentarme en las gradas durante las clases de gimnasia, con una nota de excusa del médico. Mis ruegos para que me dejaran participar en juegos deportivos con mis amigos recibían como respuesta un “no” simpático pero rotundo de mi madre. Claramente no estaba destinada a competir en las Olimpiadas contra los mejores atletas del mundo.

Y, de alguna manera, lo hice.

El asma fue sólo la primera de muchas barreras que tuve que superar en mi viaje olímpico. Los límites que otros definen para una palidecen en comparación con los límites que una se impone a sí misma. Las dudas propias pueden ser paralizantes en cualquier terreno, especialmente en los deportes donde cada día es una competición con ganadores y perdedores. Un bajón – un período prologando de rendir menos de lo mejor que se puede dar – puede crear gran confusión en el estado mental. Una debe superar sus propias dudas para lograr sus sueños, y la gente que se encuentra en el camino puede desempeñar un papel importante en darle forma a su éxito. Tuve la fortuna de contar con mentores que me desafiaban a reevaluar mis propios límites y una comunidad que me apoyó tanto en casa como cuando estaba lejos. Sin ellos nunca habría soñado siquiera en llegar a las Olimpiadas.

Empujar el límite

Mi camino a los Juegos Olímpicos comenzó en gran parte gracias a mi instructor de remo de la escuela secundaria, Dee Campbell, paciente, comprensivo y franco. Un día cuando yo tenía 14 años, Dee golpeó a mi puerta para recoger a mi hermana que había comenzado a remar un año antes. Cuando respondí a la puerta – erguida con mis 1,80 metros – me miró a los ojos y me preguntó si quería remar. Le expliqué que no podía, que tenía asma y que mi madre no me dejaría. Dee no aceptó esa excusa y me mostró que sólo yo podía definir mis propios límites. Con su ayuda pude convencer finalmente a mi madre de que me dejara remar.

Otro mentor influyente fue mi instructora en el equipo de remo de la Universidad de Washington, Jan Harville. Jan vino un verano a enseñarnos a mí y a mi compañera después de que nos habían pasado de un bote de ocho personas a un bote de dos, apenas un mes antes del Campeonato Mundial. Debido a que teníamos muy poca experiencia remando en este bote pequeño, nadie esperaba que nos fuese bien. Jan, no obstante, nos enseñó que podíamos sobresalir sin la presión de grandes expectativas. Nos explicó que si tratábamos con todas nuestras fuerzas, el resultado se daría solo. En sólo cuatro semanas aprendimos a concentrarnos en cada golpe de remo, más que en el resultado.

El concepto de quitar énfasis al resultado fue revolucionario para mí. Antes creía que ganar no es todo, sino lo único. De pronto me concentré no en ganar sino en desempeñarme lo mejor que pudiera, no importa cuando llegásemos a la meta. Al final terminamos en el podio con medallas de bronce pendiendo del cuello, lo cual para mí fue simplemente algo casi milagroso (y también sorprendió bastante a otras personas). Esa experiencia me enseñó a despreocuparme de las expectativas de los otros y me convenció del poder de creer en una misma.

Fuerza en números

Los deportes también me enseñaron el poder de la comunidad. Cuando me entrenaba para los Juegos Olímpicos vivía en el Centro de Entrenamiento Olímpico en Chulavista, California, a más de 3.200 kilómetros de mi hogar en Virginia. Me entrené con mujeres de todo el país que habían sido invitadas a vivir y prepararse bajo la instrucción del equipo olímpico de Estados Unidos. Los días eran largos y exigían físicamente más de lo que la mayor parte de la gente pueda imaginarse. Teníamos de cinco a seis horas de entrenamiento intenso cada día, seis días a la semana. Viajamos por el mundo juntas, compitiendo en países como Alemania, Suiza, Francia, Bélgica y Australia. El hecho de entrenarnos juntas día tras día – pasando por lesiones, enfermedades, tragedias familiares y agotamiento físico – nos creó un vínculo de por vida. Contar con ese sentido poderoso de comunidad entre nosotras nos dio la fuerza para seguir avanzando incluso cuando sentíamos que ya no nos quedaban fuerzas.

E incluso cuando estaba a más de 3.200 kilómetros de mi hogar, la comunidad de mi ciudad natal estaba conmigo a cada paso del camino. Mi equipo de remo de la escuela publicaba orgullosamente en el periódico artículos que seguían mis éxitos. Mi ex instructor Dee expresó un gran orgullo por mis logros cuando fue entrevistado por un reportero de un diario nacional después de que gané la medalla de plata en el Campeonato Mundial de 1999. Y cuando gané un puesto en el equipo de Estados Unidos en las Olimpíadas del 2000 en Sydney, Australia, dos de mis compañeros de escuela estuvieron a mi lado.

Un día posamos en el medio de la Villa Olímpica con nuestras camisetas de remo de la escuela. Aunque estábamos a miles de kilómetros de distancia, la comunidad que nos nutrió desde el comienzo estaba con nosotros. Todos mis mentores, compañeros de equipo y vecinos cuyo apoyo me ayudó a encontrar el valor para dar esos primeros golpes de remo, salvavidas en mano y seguir luchando todo el camino hasta las Olimpíadas, fueron ese año tan parte del equipo olímpico como si hubiesen vestido el uniforme.

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Linda Miller, de Washington, compitió en el equipo femenino de remo de Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Verano 2000 en Sydney, Australia.

Atletas sonrientes (Courtesy photo)

Compañeros de equipo (desde la izquierda), Linda Miller, Nick Peterson y Mike Porterfield posan con su camiseta de remo escolar en los Juegos Olímpicos 2000 en Sydney, Australia.