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Publicaciones

Nativo de Brooklyn

09 diciembre 2010
Retrato del escritor Pete Hamill (AP Images)

Pete Hamill recuerda cómo influyó Brooklyn en su carrera de periodista y escritor. Describe aquello que le da a Nueva York su carácter único, con especial esmero y reverencia

Este artículo es parte de la publicación titulada "Mi ciudad. Los escritores hablan de su lugar preferido en Estados Unidos".

Pete Hamill es novelista, periodista y ensayista. Autor de 10 novelas, biografías, un libro de memorias y colecciones de relatos cortos, y periodista, es escritor en residencia distinguido de la Universidad de Nueva York. Sus artículos de prensa se han publicado en The New Yorker, The New York Times, Esquire, y Vanity Fair, y durante muchos años fue colaborador del New York Daily News y del New York Post. También fue director del News y el Post. Vive con su esposa en Nueva York.

Todo escritor empieza por ser lector, y yo tuve la buena fortuna de serlo a una edad tan tempranam que ya ni la recuerdo. No hubo ninguna revelación en el aula, ningún momento trascendental en el que descubrí que podía descifrar esos pequeños símbolos llamados letras, formar con ellos palabras y guardar en mi mente palabras como cuadros. Eso significa, casi con toda seguridad, que mi madre me enseñó a leer.

Mi madre y mi padre fueron inmigrantes, llegados a Nueva York desde Irlanda del Norte, católicos de la áspera y sombría ciudad industrial de Belfast. Llegaron separadamente y se establecieron en el inmenso y bello barrio de Brooklyn. En aquellos años, Brooklyn era un barrio de obreros, inmigrantes y sus hijos, que trabajaban en el comercio del puerto. El metro les permitía trabajar en un lugar y vivir en otro, y Brooklyn era especial: bañado por lo que más tarde me parecía una luz de Vermeer. Incluso las casas de vecindad pobres parecían bellas al atardecer o al romper el alba. En Nueva York, el sol sale en Brooklyn a anunciar el día. No es de extrañar que los holandeses lo amasen tanto.

La vida no fue fácil para Billy Hamill y su mujer Anne Devlin. En el viejo país, mi padre dio por concluidos sus estudios al terminar el octavo grado. Mi madre terminó el equivalente a la enseñanza secundaria, pero llegó a América a los 19 años, huérfana, en 1929, con el sentido típicamente irlandés de la oportunidad, el día en que quebró la bolsa. En 1927, mi padre estaba jugando un partido dominical de fútbol semiprofesional cuando recibió una brutal patada, fue trasladado urgentemente al hospital, pasó la noche sedado, y por la mañana, con la gangrena avanzando rápidamente por la pierna destrozada (la penicilina no se había inventado todavía), perdió la pierna por encima de la rodilla. Mi madre trabajaba en un gran almacén y más tarde como sirvienta, al cuidado del niño pequeño de una familia acomodada de Brooklyn. Se conocieron en un baile en 1934. Algo que hacía a mi padre reír años después, ya que nadie puede bailar mucho con una pierna de madera. Yo fui su primer hijo, y llegamos a ser siete cuando la familia estuvo completa. Esto seguramente quiere decir que Anne Devlin Hamill tuvo tiempo de sentarse sola conmigo, enseñarme un libro y leérmelo mientras seguía las palabras con el dedo.

Uno de mis favoritos era “A Child’s Garden of Verses” de Robert Louis Stevenson, y debo haber amado los ritmos de las palabras, las ilustraciones y la forma en que se combinan para crear un deslumbrante mundo infantil. En cierto modo, los versos se asemejaban a las canciones irlandesas que cantaba mi padre cuando venían a visitarnos amigos o vecinos. Las canciones son historias. Algunas de ellas llenas de héroes martirizados. La mayoría, llenas de fanfarronas risotadas.

Durante muchos de aquellos años de niñez, vivimos en una casa de vecindad de Brooklyn, en un piso desprovisto de todas comodidades. Yo nací en 1935, en la época más sombría de la Gran Depresión, pero no he guardado recuerdos de penurias angustiosas. Siempre había comida en la mesa. Tenía muchos amigos de la vecindad o de la escuela. Aprendí a jugar el juego callejero de “stickball”, con el mango desnudo de una escoba y una pelota de goma de color de rosa, llamada “spaldeen” (corrupción del nombre del fabricante, que era Spalding). Algunos sábados por la mañana empezábamos a jugar a las ocho , con el sol derramando sus rayos sobre nosotros desde Prospect Park, y no parábamos hasta el anochecer. Entonces no había televisión, pero los días de lluvia había otras distracciones, La entrada al cine el sábado por la mañana costaba 12 céntimos hasta mediodía y alentábamos entusiasmados a los vaqueros con nuestros gritos y nos maravillábamos ante las vistas del Oeste americano. Durante la guerra, descubrí las revistas de historietas y quedé hechizado con “Batman”, porque su Gotham se parecía a mi Brooklyn, con sus profundas sombras, inquietantes almacenes, siniestros callejones empedrados. Pero aun mejor, me ilusionaba un inmenso y maravilloso palacio (a mis ojos) de piedra, a tres manzanas de nuestra casa: la biblioteca pública de Brooklyn.

De nuevo, mi madre me llevó allí la primera vez, y la segunda, y probablemente la décima. Me enseñó la sala de niños, con su inmensa chimenea tallada, me consiguió una tarjeta de lector, me explicó el orden alfabético y me ayudó a dar los primeros pasos en mi carrera de escritor. Yo no salía de mi asombro al ver que podía llevar a casa los libros que estaban en aquellas estanterías bajas. Devoré los cuentos de Babar, soñé con encontrar un elefante con un traje verde e ir con él a una ciudad llamada París. Una ciudad que no se parecía en nada a Brooklyn.

Para el tercer grado, ya iba a la biblioteca solo (se consideraba humillante que tu madre te tuviera que acompañar a cualquier parte, pero sobre todo a la escuela). Hasta muchos años después no supe que la había construído allí mi ricachón favorito, Andrew Carnegie. Al mismo tiempo, una maestra de mi escuela (la señorita Smith) nos hizo a todos copiar los mapas de la guerra de las páginas del New York Daily News (que entonces costaba 2 centavos). Aquella tarea me enseño donde estaban África del Norte y Francia y Alemania e Inglaterra e Italia y, por supuesto, Irlanda. Me di cuenta de lo inmenso que era el Pacífico, y dónde estaba Guadalcanal, y Midway, y también Japón. La maestra nos recordó que muchos de los jóvenes de nuestro barrio estaban en esos lugares, y que cuando veíamos una estrella dorada en una ventana significaba que uno de ellos había muerto. Para el final de la guerra, había estrellas por todas partes. Cuando terminamos de hacer los mapas, nos dijo que empezáramos a leer sus relatos. Y después ir por la vecindad y pedir las direcciones de los hombres que estaban en la guerra. Luego, escribirles cartas, incluso si no los conocíamos, para agradecerles todo lo que estaban haciendo para que siguiéramos siendo libres.

La palabra “libre” estaba en todas las bocas. Se la oía decir a los amigos de mi padre cuando discutían algo, e incluso alguien que no estaba de acuerdo decía, “¡Eh!, es un país libre”. Parecía algo muy importante para ellos, y después de algún tiempo, comprendí que la mayor parte de ellos había venido de países que no eran libres. Lugares donde habían sufrido a causa de su religión. Lugares donde uno no podía decir las cuatro verdades, como se suele decir, sin oír una llamada a la puerta a medianoche. Mi madre y mi padre siempre decían las cuarto verdades. En la fanática Belfast, eso no era posible. En Estados Unidos, mi padre nunca gritaba. Años después, encontré la definición del estilo masculino de Irlanda del Norte en el título de un poema del premio Novel Seamus Heany: “Digas lo que digas, no digas nada”. En Estados Unidos, pueden decir todo lo que, diablos, se les ocurra. No necesitan gritar.

Todos estos espíritus libres, estos obreros industriales, bomberos, trabajadores de la industria del acero, fornidos estibadores, me enseñaron muchas cosas, la mayoría de las cuales ha sobrevivido en mis escritos. Uno puede ser duro, sin ser malvado. Si buscas pelea, lo más probable es que la encuentres. Lo más importante de la vida es el trabajo. Y un pecado imperdonable (después de la crueldad) es compadecerse de sí mismo. Mi padre murió a los 80 años y sólo le oí lamentarse de la pérdida de su pierna una vez. Mi madre también trabajaba. Tenía que hacerlo para mantener a una familia numerosa en tiempos difíciles. Ninguno de ellos tuvo jamás tiempo de compadecerse de sí mismo. Estaban demasiado ocupados. Cada uno de ellos trabajó hasta que no pudo trabajar más.

En aquel tiempo, antes del final de la guerra, yo leía también las secciones de deportes de los periódicos y las grandes tiras cómicas de entonces “Dick Tracy”, “Smilin’ Jack”, y sobre todo “Terry y los Piratas”. Esta última era la favorita de mi madre, y yo la recortaba todos los días y la pegaba en un álbum para ella. No entendía muy bien la historia, porque su magnífico creador, Milton Caniff, escribía y dibujaba “para quien compraba el periódico”. Pero empecé a asimilar algunos de los principios básicos de la narrativa: pasa esto y pasa esto, y como resultado, pasa ESTO.

Sabía dibujar lo bastante bien para copiar los grandes malvados de Dick Tracy y esbozar una versión aceptable de Fat Stuff, de Smilin’ Jack. Nunca pude dibujar la Dama Dragón. Pero aproximadamente por aquella época, sucedió otro importante acontecimiento. Leí un libro que era todo texto y llegué hasta el final. El libro no venía de la biblioteca, sino de un cajón de una tienda de libros de segunda mano, a pocas manzanas de donde vivíamos. Se titulaba “Bomba, the Jungle Boy at the Giant Cataract” (Bomba, el Niño de la Jungla y la Catarata Gigantesca) y me transportó a la jungla amazónica, donde un muchacho de mi edad, superviviente de un accidente aéreo, busca a su padre perdido. En los años de la posguerra, empecé a comprar cada ejemplar de esta serie, generalmente por 10 céntimos, a viajar en mi imaginación a lugares exóticos y hacer frente a inmensos peligros. Hasta el día de hoy, una docena de cuentos de Bomba están amontonados en mis estanterías. El relato es a veces racista, (“Bomba sabía que por sus venas corría sangre blanca”), pero entonces yo no me daba cuenta . Lo que quería saber era qué pasaba después.

En la biblioteca ya hacía tiempo que había dejado atrás a Babar. Me tropecé con el libro de los piratas de Howard Pyle, lleno de ilustraciones, tesoros robados, duelos a espada en la cubierta de los galeones — y más adelante me esperaban Robert Louis Stevenson y Alejandro Dumas. En nuestra casa nunca hubo suficiente dinero, pero yo viví una niñez y una adolescencia asombrosamente ricas. Después de todo, navegué a la Isla del Tesoro con Jim Hawkins. Me batí contra los agentes de Milady al lado de Artagnan. Y pasé todo un verano como Conde de Montecristo. Las tiras cómicas clásicas eran mis Cliff Notes**, excepto que servían más de guía de lectura que de trampa para no leer los libros, lo que daba lugar a registros en la biblioteca en busca de los libros mismos. Yo no solo miraba esos libros, entraba en ellos, vivía en ellos.

Años después leí un ensayo de Stevenson, en el que instaba a los aspirantes a escritores a leer vorazmente. Me di cuenta de que mucho antes de sentir ningún tipo de ambición de ser escritor, ya era eso, justamente, lo que estaba haciendo. Y no estaba solo, para los escritores en ciernes, así como para el lector serio, las grandes obras literarias son alimento. Nutren la imaginación, despiertan la curiosidad por las vidas de otros, demuestran que existe un vasto mundo más allá de los estrechos límites en que uno vive. Las grandes obras también plantean cuestiones al lector que solo él puede responder. Cuestiones sobre el significado de su propia vida. Sobre las opciones morales a las que todos tenemos que hacer frente. Sobre las consecuencias de opciones y acciones. Para cuando tenía 12 años, quería ser dibujante de tiras cómicas. Cuantas más grandes obras leía de historia y literatura, más se desvanecía esa ambición.

Ahora que soy viejo, a veces me pregunto si habría llegado a ser escritor si me hubiera criado en los gloriosos paisajes del Oeste americano o en el sombrío Belfast. Es una pregunta que nunca puedo contestar. Si hubiera tenido los mismos padres, tal vez. Pero tuve la suerte geográfica de tomar conciencia de mí mismo en el mundo abigarrado de Brooklyn, con sus secretos, su variedad de religiones y etnias e idiomas, sus códigos de conducta. Desde nuestra terraza puedo ver las torres de Manhattan arañando el cielo. Mì propia versión de Oz. Lo veo todavía como un hijo de Brooklyn. Hay pocos santos en esas calles de Brooklyn, y muchos pecadores, pero el pecado es siempre una historia más interesante. También era la época anterior a la televisión, que es un medio pasivo. Uno se puede sentar delante de la pantalla y no hacer ningún esfuerzo imaginativo. La música dice lo que hay que sentir. Las bandas sonoras de risas dirigen nuestra risa. La lectura es activa, nos fuerza a prestar atención a esas curiosas letras, transformadas en palabras, y la imaginación completa la experiencia. Nos pueden hacer ver las calles de nuestra propia parte del mundo, o llevarnos a la Catarata gigantesca. Nos recuerdan constantemente que primero imaginamos, luego vivimos.

Esto se me reveló con toda su fuerza hace aproximadamente 20 años. Como parte de mi trabajo de periodista, había estado informando de la caída del régimen comunista en Praga, fascinante revolución dirigida por un escritor. Cuando esa extraordinaria historia alcanzó su punto culminante y Vaclav Havel fue al Castillo, mi mujer y yo salimos para Berlín. Era una mañana desapacible de lluvia. Había contratado a un chófer para que nos llevase al Berlín Oriental estalinista, y atravesamos la Puerta de Brandenburgo en una de las ciudades más feas de Europa. Yo había estado allí 15 años antes, y ahora era aun peor. La arquitectura de la paranoia forzosa estaba en todas partes.

Entramos en una amplia avenida principal y después de recorrer unas cuantas manzanas, vimos en la acera, a nuestra izquierda, una larga cola de personas embutidas en gruesos abrigos, de cuatro o cinco en fondo, muchas de ellas con paraguas.

“¿Qué es esto?” pregunté al chófer “¿Están haciendo cola en espera de alimentos o algo?”

“No,” dijo en una voz baja, que denotaba profunda emoción. “Hoy es el primer día que llegan libros del Oeste”.

Tuve que esforzarme por controlar las lágrimas.

(Distribuido por la Oficina de Programas de Información Internacional del Departamento de Estado de Estados Unidos. Sitio en la Web: http://iipdigital.usembassy.gov/esp )

Vista lateral de la Estatua de la Libertad (AP Images)

La estatua de la Libertad fue un regalo de Francia a los Estados Unidos en 1886. Su simbolismo se ha ampliado e incluye, además de la libertad y la democracia, la amistad entre los pueblos.