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Estados Unidos fue en su comienzo una democracia vulnerable a los imperios

Por Stephen Kaufman | Redactor | 19 junio 2012
Tropas británicas avanzan (AP Images)

Ilustración de la quema de Washington por los británicos en 1814, que ayudó a forjar la identidad nacional estadounidense.

Washington — La ciudad capital de Estados Unidos hoy día ejerce una influencia en los asuntos mundiales, pero hace 191 años Washington estaba ocupada por un enemigo extranjero y símbolos nacionales tales como la Casa Blanca y el Capitolio cayeron bajo las antorchas.

El incidente, que ocurrió durante la Guerra de 1812, un conflicto entre el país naciente y el Imperio Británico, puede que haya sido uno de los momentos más débiles en la historia de Estados Unidos. Sin embargo la humillación del 24 de agosto de 1814, cuando el presidente de Estados Unidos y los líderes del país tuvieran que huir de la capital mientras se quemaban sus edificios públicos serviría de telón de fondo para que se escribiera el himno nacional de Estados Unidos, una celebración de la capacidad del país de prevalecer contra la potencia militar más fuerte de aquel momento.

A la luz del papel principal que Estados Unidos ha tenido en los asuntos mundiales desde mediados del siglo XX es difícil para muchos, especialmente aquellos en países en desarrollo, imaginar un tiempo en que Estados Unidos era una nueva democracia en ciernes, amenazada por las potencias mundiales de aquellos días y que luchaba por definir su identidad nacional. También estaba atravesando el proceso de aplicar su forma democrática de gobierno, que empezó con la ratificación de su constitución en 1789.

Muchos estadounidenses se saben el primer verso del himno “The Star-Spangled Banner”, que se interpreta en todos los eventos públicos y deportivos importantes, pero las acciones que llevaron a su redacción el 14 de septiembre de 1814, incluyendo la humillante destrucción de la capital tres semanas antes, son menos conocidas.

Anthony Pitch, autor del libro The Burning of Washington: The British Invasion of 1814 (La quema de Washington: Invasión británica de 1814), describió en una entrevista el conflicto militar de 1812 a 1814 entre Estados Unidos y Gran Bretaña como la “segunda guerra de la independencia” de Estados Unidos.

La guerra tuvo sus causas remotas en el conflicto de Gran Bretaña con la Francia de Napoleón, durante el cual ambas potencias europeas prohibieron a los barcos mercantes estadounidenses la circulación en sus puertos, y los británicos capturaron marineros estadounidenses para que lucharan contra Francia y su armada. Según Pitch, 5.000 marineros, entre ellos 1.300 nacidos en el territorio americano fueron capturados durante un período de seis años, hasta 1810.

En 1812, durante la administración del presidente James Madison, el Congreso de Estados Unidos declaró la guerra a pesar del desigual poder militar: Estados Unidos tenía 20 buques de guerra comparado con la armada británica de 1.000 buques con sus correspondientes tropas listas para la batalla.

Era la segunda guerra de la independencia para los estadounidenses, dijo Pitch, por que “si no hubieran tomado acción habría significado estar preparados para que se ignorase su soberanía, su independencia se colapsara, y su orgullo y dignidad se desmenuzaran. Por tanto, tenían que hacer algo al respecto independientemente de que las probabilidades les fueran en contra”.

LA INVASIÓN BRITÁNICA

En el verano de 1814, los buques británicos entraron en la bahía de Chesapeake, a alrededor de 80 kilómetros de Washington. En aquella época, Washington era “un pequeño y olvidado pueblo de 8.000 habitantes”, incluyendo esclavos afroestadounidenses, y “no tenía absolutamente ningún valor estratégico”, comenta Pitch.

Algunos líderes estadounidenses, el más destacado el secretario de Guerra John Armstrong, no pensaban que la capital iba a ser objetivo de la fuerza invasora, pero los británicos le probaron que estaba errado. El contralmirante George Cockburn, segundo al mando de las fuerzas expedicionarias británicas en la bahía de Chesapeake, escribió a su superior, sir Alexander Cochrane, un vicealmirante el 17 de julio de 1814 que la caída de una capital es “siempre un fuerte golpe al gobierno de un país”.

El ejército británico impidió la ruta a las fuerzas estadounidenses en Bladensburg (Maryland) el 24 de agosto de 1814, mientras Madison y los miembros de su gabinete observaban. Las tropas estadounidenses huyeron de nuevo hacia Washington, y advirtieron a los 8.000 habitantes de la ciudad y funcionarios gubernamentales que las fuerzas enemigas iban a entrar pronto en la plaza. El presidente y otros funcionarios principales estadounidenses cruzaron el río Potomac hacia Virginia y se convirtieron en refugiados.

WASHINGTON ABANDONADO, SAQUEADO, QUEMADO

Como describe Pitch en su libro, el pánico se apoderó de Washington y casi todos sus habitantes, que se apoderaron de cualquier caballo, carreta o carro de transporte que pudieran encontrar para huir.

Alrededor de 800 se quedaron en la ciudad, aquellos que “se movían lentamente o no estaban listos para robar caballos, o no podían permitirse el transporte, o estaban atrapados y ya no podían encontrarlo”, describe Pitch.

En los disturbios, la tarea de asegurar la propiedad y documentos federales de Estados Unidos quedó a manos de empleados con frecuencia inexpertos a los que se convocó para decidir rápidamente que salvar y trasladar fuera de la ciudad y que dejar atrás, lo que probablemente sería destruido por los invasores.

“El Departamento de Estado tuvo mucha suerte”, dijo Pitch, porque su empleado más veterano, Stephen Pleasonton, compró rápidamente mantelerías duras que convirtió en bolsas en las que se introdujeron valiosos manuscritos tales como la Declaración de la Independencia, la Constitución de Estados Unidos, tratados internacionales y algunos de los papeles del presidente George Washington, que se empacaron en carros y se sacaron de la ciudad, preservándose así algunos de los documentos mas atesorados del país.

Cuando las fuerzas británicas llegaron, ofrecieron a los residentes de Washington tanto la seguridad como la protección de sus propiedades privadas siempre y cuando no emprendieran ninguna acto hostil contra la ocupación; pero los edificios federales sufrieron una suerte radicalmente distinta.

Se dispararon cohetes que penetraron los techos de las dos alas del Capitolio de Estados Unidos, y todos los muebles, libros, papeles y otros materiales inflamables se recolectaron e incendiaron. Las llamas que envolvían a los edificios se observaban desde millas de distancia y los refugiados que huían las podían ver.

Cuando los soldados británicos llegaron a la Casa Blanca, antes de incendiar la estructura, se encontraron que el elegante comedor de la mansión abandonada estaba puesto para comer. La primera dama Dolley Madison, que había huido tan solo unos momentos antes, había dejado desinteresadamente todas sus posesiones personales para preservar papeles de estado y un retrato de George Washington, que había recortado de su marco y transportado a Virginia para que estuviera seguro.

NACIMIENTO DEL HIMNO NACIONAL

Los estadounidenses escucharon que la capital estaba destruida y el gobierno diseminado, comenta Pitch, un mensaje que en principio creo “una sensación de absoluta desolación y melancolía”. La ocupación británica de la ciudad duró solamente 24 horas, pero las llamas duraron cuatro días. Algunos estadounidenses temían que también pronto perderían la independencia.

Sin embargo la tristeza y el temor pronto se convirtieron en ira, comenta Pitch, el efecto opuesto al que los británicos esperaban: “Casi inmediatamente galvanizó a todos. Querían venganza”. Cuando se oyó que la ciudad más grande de Maryland, Baltimore, era el siguiente objetivo de los británicos, alrededor de 15.000 personas se lanzaron a su defensa desde los estados y condados cercanos.

Las fuerzas británicas rápidamente derrotaron a los estadounidenses en North Point, al este de Baltimore el 12 de septiembre, pero sabiendo que la ciudad no sería tomada mientras no se rindiera el fuerte Fort McHenry, que defendía su puerto. La defensa del puerto, dice Pitch, “fue lo que cambio el curso” en lo que había sido una exitosa campaña militar británica.

La defensa del fuerte contra la fuerza marítima más poderosa del mundo probó ser legendaria. “Nadie huyó. Nadie se acobardó. Aguantaron un día y una noche mientras los británicos disparaban entre 1.500 y 1.800 morteros, cada uno de 90 kilos de peso, al fuerte y sus alrededores”, dice Pitch.

Francis Scott Key, un abogado de Washington que había ido a Baltimore a negociar la liberación de un prisionero de la guerra civil, fue testigo del bombardeo del Fuerte McHenry desde un buque cercano que tenía concedida una tregua.

Como lo describe Pitch, Key “paseaba de arriba a abajo por la cubierta del buque en la oscuridad, esperando que las explosiones continuaran, porque el silencio significaba que el fuerte había capitulado”. Justo antes del amanecer se produjo una calma y Key no sabía si el fuerte se había rendido o si los británicos habían impuesto un alto el fuego. Cuando amaneció, Key vio la bandera estadounidense todavía ondeando sobre el fuerte y se dio cuenta de que sus defensores habían prevalecido.

Key saco una carta de su bolsillo y documentó su reacción al dorso. “Tres días más tarde los británicos se retiraron, y su escrito que estaba pulido, se adaptó a la música de una vieja canción inglesa de las que se cantaban cuando se bebía, que con el tiempo se convirtió en el himno nacional oficial”, explicó Pitch.

SURGE LA IDENTIDAD NACIONAL

Para valorar verdaderamente el himno, conocido como “The Star-Spangled Banner” (Bandera adornada con estrellas), dice Pitch, uno debe entender el contexto del tiempo en el que se escribió, particularmente tras la quema de Washington.

La destrucción de la capital y la huída de los líderes estadounidenses no se pueden tomar como “un incidente aislado de la historia de Estados Unidos”, comentó Pitch. “Esta intrínsecamente relacionado con lo que ocurrió tres semanas más tarde. Explica porque aguantó el Fuerte McHenry, por que estuvo tan bien defendido, y lo que el resultado significó para el país en general.

“En otras palabras, en tres semanas se ve que el curso se han dado la vuelta, del punto más bajo en la historia de Estados Unidos, el momento más humillante, la captura de la capital y la quema de los edificios públicos, la huída forzada del presidente. No se puede caer mucho más…y entonces, tres semanas después, aguantan contra la armada más potente del mundo y los británicos se tienen que retirar”. Dijo.

El fin de la guerra se produjo con el Tratado de Gante, firmado en 1814 dos semanas antes de que las fuerzas británicas fueran derrotadas en Nueva Orleáns. Las antiguas colonias retenían su independencia, y a pesar de incidentes tales como la quema de Washington, ganaron autoconfianza y una identidad nacional mejor definida, según Pitch.

“El carácter nacional se pulió, y los elementos dispares en este país se dieron cuenta de que tenían mucho en común porque habían surgido de esta guerra de dos años y medio como la potencia del momento y con sus colores al aire, y ese es el legado que permanece. Ayudó a forjar un gran sentimiento respecto a ser estadounidense”, explicó.

El legado más visible de la guerra es el himno “The Star-Spangled Banner” y como dice Pitch, “Si no se sabe lo que ocurrió en Washington, no se puede apreciar el significado pleno del himno nacional”.